En realidad hay un debate abierto para definir lo que se considera "enfermedad". No es una cuestión nada fácil, depende de qué criterios se adopte. Muchas veces, lo que se ha llamado enfermedad es una diferencia escogida arbitrariamente para ser castigada.
Todas las variaciones psicológicas castigadas han pasado por diferentes estados a lo largo de la historia. Lo que empezaba siendo pecado en una sociedad teocentrista acababa perdiendo su valor moral trascendente pero se recogía como delito o falta, ya que de todos modos, resultaba ofensivo a la sociedad.
Cuando se consideraba que el sujeto no es responsable de sus actos o no hace daño a terceras personas, castigarlo penalmente no parecía legítimo pero la sociedad sigue sintiéndose incómoda por lo que el delito pasa a ser enfermedad y la marginación adquiere un tinte caritativo que acalla conciencias con el beneplácito de los científicos, que le da un toque sensato y razonable, muy lejos de admitir los prejuicios atávicos.
Cuando se normaliza la diferencia y los "enfermos" reniegan del tratamiento como tal, los enfermos pasan a ser ciudadanos libres y sanos, pueden votar y asociarse. Pero la etiqueta sigue pendiente de sus cuellos, el estereotipo les persigue y pasan a ser, eufemísticamente, una "minoría". Ser una minoría significa que lo que te diferencia del resto de los seres humanos es tan importante como para considerar un tratamiento especial. La discriminación es sutil, simbólica, pero existe.
El último paso es la disolución total de esa diferencia en el resto de la sociedad de tal manera que no sea más relevante que tener el cabello oscuro o el gusto por la música clásica. El fin de la diferencia castigada es la normalización.