Atonito
New member
Me vais a perdonar que mis post parezcan entradas de un blog literario pero hasta que pueda hablar con autoridad de algo técnico -dentro de ocho años- me tengo que limitar a las impresiones psicológicas.
El viernes me atreví, el viernes 23 de octubre crucé ese umbral que hasta ahora creía vetado: ¡fui a comprar a una tienda de suplementos! Hasta ahora sólo compraba batidos preparados en la máquina expendedora del gimnasio, cuando nadie me veía y escondiendo rápidamente la botella en la mochila. ¿Por qué eres así de gilipollas?, os preguntaréis. Ahora os lo explico.
Cerca de la tienda a la que fui hay una muy tradicional llamada VIVA EL MÚSCULO. Como todas las tiendas tradicionales de Madrid, reúne una colección anacrónica de souvenirs y folklore del tema a tratar. VIVA EL MÚSCULO está adornada con Mister´s Olympia de los setenta lustrosos, mancuernas antiguas y mucho hierro; un dependiente, ya mayor, está teñido de rubio y bronceado a lo Hulk Hogan y los clientes son viejas glorias que nunca dejaron de ciclarse y llevan camisetas que parecen dorsales de atletismo.
Esas tiendas no son tiendas, son templos. La entrada de un ser canijo como yo es una profanación. El hecho de verme comprando un bote de TURBO MASS 3000, MEGA IRON MUSCLE o BIG MAN WHEY BETA era dolorosamente irónico. Sobre todo si me llevaba en brazos un bote de cuatro kilos. Nadie podría afirmar con seguridad quién se iba a comer a quién.
Pero la nueva tienda no estaba sacralizada por su historia y su aspecto clínico e impersonal parecía permitir el paso a novatos acomplejados. Parecía decir: "Ey, inténtalo, quizás tú también puedes ponerte cachas y además no le contaré a nadie que lo intentaste". Era mi oportunidad.
Así que ese viernes entré. Una llamada inoportuna felicitándome el cumpleaños me obligó a reír dentro de la tienda y soltar cuatro chistes. Cuando corté la llamada, me dirigí al mostrador. Y ahí estaba él. Camiseta gris con logotipo de gimnasio, pelo cortado a cepillo, cuello toro y una mirada que expresaba de manera contundente: "no me gustas".
– Ehm... hola. Pues venía a por... -aquí recordé vuestros post, ¡GRACIAS! –...venía a por proteína de suero de leche.
– Ahá... el hombre se relajó, creo que el tecnicismo "suero de leche" le complació. – ¿Y de qué tipo?
Aquí mi cerebro visualizó las páginas del foro e hizo scroll vertical a una velocidad trepidante.
– Bueno, creo que para después de entrenar lo mejor es el "hidroxizado".
– Será hidrolizado, me cortó el dependiente... – ¡Mierda!, pensé. ¿Por qué no repasé el post antes de venir?
– Sí, eso... hidrolizado. Se absorbe muy rápidamente, ¿no? Pero creo que es caro.
– Sí, es caro.
– ¿No había otro algo más barato que también era de rápida absorción? Que estaba depurado o...
– ¿Ultra filtrado?
– Sí... ése debe ser.
– Es todavía más caro. Además dicen que sabe muy mal y por eso se venden los más normales.
– Pues creo que para mí valdría uno de los "normales".
En este momento se me ocurrió despejar la tensión con la idea más estúpida del mundo: ironizar sobre el tema.
– Bueno, pues... ¿A cuánto sale el cuarto y mitad de la proteína corriente?
El dependiente abrió los ojos, inclinó su enorme cuerpo sobre el mostrador y desde arriba me dedicó esa mirada reservada a los preplayas más grandes de la historia.
– ¿Cómo has dicho?
La cara de estúpido que se me quedó creo que fue para enmarcarla.
– Que qué precios hay..., musité con la sonrisa congelada.
– Pues depende. El de MASS WHEY vale cuarenta y seis euros.
– ¿Y no habrá alguna oferta?
Tragué saliva. Ignoraba completamente si en estas tiendas de culto existían promociones y rebajas como en el Caprabo. Si el dependiente interpretaba que me estaba cachondeando estaba perdido.
– Pues sí.
– ¿Ah sí?, pregunté con cierta incredulidad.
– Si te compras el bote de dos kilos de ése de ahí te regalan un bote de un kilo de creatina.
Aquí me relajé. Esto ya se parecía más al supermercado de toda la vida.
– Ah, pues me gusta. Tiene un aspecto más de laboratorio.
El dependiente hizo oídos sordos al último comentario y me llevó por las estanterías hacía los botes blancos con letras azules y una probeta en el logotipo. "Advanced Science of Nutrition", era el fabricante. Serio, discreto y fiable. Me enamoré al instante ¡y regalaban un kilo de creatina! Demasiado bueno para ser verdad.
– ¿Pero qué diferencia hay entonces?, pregunté con cierta desconfianza.
La pregunta podría habérmela ahorrado. El dependiente, que se mostraba más benevolente conmigo a medida que veía garantizada la compra, me soltó en catarata millones de tecnicismos sobre moléculas ionizadas, procesos de filtrado, diferentes tipos de aminoácidos ramificados y enriquecidos, ácidos grasos de triple formulación, grados de pureza, diferentes modos de catabolización y demás jerga imposible de reproducir para mí.
Por no ser maleducado, mantuve la atención durante tres minutos, asintiendo con la cabeza y soltando murmullos de aprobación hasta que intuí que había acabado. En realidad el dependiente no pretendía explicarme nada sino demostrarme cuán complejo era el mundo del cual me había mofado unos minutos antes. Sí, al coloso le produjo un inmenso placer machacarme a nivel intelectual. Pero su expresión era tan fría que no adiviné ni el más mínimo rastro de sonrisa socarrona.
– Bueno, pues muy bien, me llevo el bote blanco, concluí convencido de que la única certeza que me quedaba era el kilo de creatina de regalo.
– Está bien, asintió él... pues ahora... verás, a mí no me gusta aconsejar porque creo que esta elección es algo muy personal...
¡Lo sabía!, pensé yo. Su tono de voz bajó como si fuera un secreto, su expresión era solemne. El momento ha llegado. Va a preguntarme si quiero anabolizantes, hormonas de crecimiento o cualquier cosa que demuestre mi entrega total al fisioculturismo aunque ello suponga recortarme años de vida.
– ¿Fresa, vainilla o chocolate?
Y en este punto me metí las ganas de ironizar por el culo. Pero qué ganas me entraron.
– Pues...
– ¡Chocolate, no seas marica, joder!, me ordenaba una voz interior.
– El sabor a chocolate sabe a todo menos a chocolate, me aconsejaba otra voz.
– ¿Es que quieres quedar como una nenaza delante del cuello toro?
– ¡Qué más da! No puedo cagarla más.
Antes de marcharme se me escapó otro chiste acerca de las pechugas de pollo y la posibilidad de reciclar los botes de cuatro kilos para tener más asientos en el salón. Ya me daba todo igual porque estaba pagando y el dinero en mano hace olvidar las manías a cualquier dependiente.
Y qué contento estoy ahora con mi primer bote de proteína y de creatina.
¿Que qué ha sido al final?
Ha sido fresa.
Pero si me hubiera salido de chocolate lo hubiera querido igual.
_beso_
El viernes me atreví, el viernes 23 de octubre crucé ese umbral que hasta ahora creía vetado: ¡fui a comprar a una tienda de suplementos! Hasta ahora sólo compraba batidos preparados en la máquina expendedora del gimnasio, cuando nadie me veía y escondiendo rápidamente la botella en la mochila. ¿Por qué eres así de gilipollas?, os preguntaréis. Ahora os lo explico.
Cerca de la tienda a la que fui hay una muy tradicional llamada VIVA EL MÚSCULO. Como todas las tiendas tradicionales de Madrid, reúne una colección anacrónica de souvenirs y folklore del tema a tratar. VIVA EL MÚSCULO está adornada con Mister´s Olympia de los setenta lustrosos, mancuernas antiguas y mucho hierro; un dependiente, ya mayor, está teñido de rubio y bronceado a lo Hulk Hogan y los clientes son viejas glorias que nunca dejaron de ciclarse y llevan camisetas que parecen dorsales de atletismo.
Esas tiendas no son tiendas, son templos. La entrada de un ser canijo como yo es una profanación. El hecho de verme comprando un bote de TURBO MASS 3000, MEGA IRON MUSCLE o BIG MAN WHEY BETA era dolorosamente irónico. Sobre todo si me llevaba en brazos un bote de cuatro kilos. Nadie podría afirmar con seguridad quién se iba a comer a quién.
Pero la nueva tienda no estaba sacralizada por su historia y su aspecto clínico e impersonal parecía permitir el paso a novatos acomplejados. Parecía decir: "Ey, inténtalo, quizás tú también puedes ponerte cachas y además no le contaré a nadie que lo intentaste". Era mi oportunidad.
Así que ese viernes entré. Una llamada inoportuna felicitándome el cumpleaños me obligó a reír dentro de la tienda y soltar cuatro chistes. Cuando corté la llamada, me dirigí al mostrador. Y ahí estaba él. Camiseta gris con logotipo de gimnasio, pelo cortado a cepillo, cuello toro y una mirada que expresaba de manera contundente: "no me gustas".
– Ehm... hola. Pues venía a por... -aquí recordé vuestros post, ¡GRACIAS! –...venía a por proteína de suero de leche.
– Ahá... el hombre se relajó, creo que el tecnicismo "suero de leche" le complació. – ¿Y de qué tipo?
Aquí mi cerebro visualizó las páginas del foro e hizo scroll vertical a una velocidad trepidante.
– Bueno, creo que para después de entrenar lo mejor es el "hidroxizado".
– Será hidrolizado, me cortó el dependiente... – ¡Mierda!, pensé. ¿Por qué no repasé el post antes de venir?
– Sí, eso... hidrolizado. Se absorbe muy rápidamente, ¿no? Pero creo que es caro.
– Sí, es caro.
– ¿No había otro algo más barato que también era de rápida absorción? Que estaba depurado o...
– ¿Ultra filtrado?
– Sí... ése debe ser.
– Es todavía más caro. Además dicen que sabe muy mal y por eso se venden los más normales.
– Pues creo que para mí valdría uno de los "normales".
En este momento se me ocurrió despejar la tensión con la idea más estúpida del mundo: ironizar sobre el tema.
– Bueno, pues... ¿A cuánto sale el cuarto y mitad de la proteína corriente?
El dependiente abrió los ojos, inclinó su enorme cuerpo sobre el mostrador y desde arriba me dedicó esa mirada reservada a los preplayas más grandes de la historia.
– ¿Cómo has dicho?
La cara de estúpido que se me quedó creo que fue para enmarcarla.
– Que qué precios hay..., musité con la sonrisa congelada.
– Pues depende. El de MASS WHEY vale cuarenta y seis euros.
– ¿Y no habrá alguna oferta?
Tragué saliva. Ignoraba completamente si en estas tiendas de culto existían promociones y rebajas como en el Caprabo. Si el dependiente interpretaba que me estaba cachondeando estaba perdido.
– Pues sí.
– ¿Ah sí?, pregunté con cierta incredulidad.
– Si te compras el bote de dos kilos de ése de ahí te regalan un bote de un kilo de creatina.
Aquí me relajé. Esto ya se parecía más al supermercado de toda la vida.
– Ah, pues me gusta. Tiene un aspecto más de laboratorio.
El dependiente hizo oídos sordos al último comentario y me llevó por las estanterías hacía los botes blancos con letras azules y una probeta en el logotipo. "Advanced Science of Nutrition", era el fabricante. Serio, discreto y fiable. Me enamoré al instante ¡y regalaban un kilo de creatina! Demasiado bueno para ser verdad.
– ¿Pero qué diferencia hay entonces?, pregunté con cierta desconfianza.
La pregunta podría habérmela ahorrado. El dependiente, que se mostraba más benevolente conmigo a medida que veía garantizada la compra, me soltó en catarata millones de tecnicismos sobre moléculas ionizadas, procesos de filtrado, diferentes tipos de aminoácidos ramificados y enriquecidos, ácidos grasos de triple formulación, grados de pureza, diferentes modos de catabolización y demás jerga imposible de reproducir para mí.
Por no ser maleducado, mantuve la atención durante tres minutos, asintiendo con la cabeza y soltando murmullos de aprobación hasta que intuí que había acabado. En realidad el dependiente no pretendía explicarme nada sino demostrarme cuán complejo era el mundo del cual me había mofado unos minutos antes. Sí, al coloso le produjo un inmenso placer machacarme a nivel intelectual. Pero su expresión era tan fría que no adiviné ni el más mínimo rastro de sonrisa socarrona.
– Bueno, pues muy bien, me llevo el bote blanco, concluí convencido de que la única certeza que me quedaba era el kilo de creatina de regalo.
– Está bien, asintió él... pues ahora... verás, a mí no me gusta aconsejar porque creo que esta elección es algo muy personal...
¡Lo sabía!, pensé yo. Su tono de voz bajó como si fuera un secreto, su expresión era solemne. El momento ha llegado. Va a preguntarme si quiero anabolizantes, hormonas de crecimiento o cualquier cosa que demuestre mi entrega total al fisioculturismo aunque ello suponga recortarme años de vida.
– ¿Fresa, vainilla o chocolate?
Y en este punto me metí las ganas de ironizar por el culo. Pero qué ganas me entraron.
– Pues...
– ¡Chocolate, no seas marica, joder!, me ordenaba una voz interior.
– El sabor a chocolate sabe a todo menos a chocolate, me aconsejaba otra voz.
– ¿Es que quieres quedar como una nenaza delante del cuello toro?
– ¡Qué más da! No puedo cagarla más.
Antes de marcharme se me escapó otro chiste acerca de las pechugas de pollo y la posibilidad de reciclar los botes de cuatro kilos para tener más asientos en el salón. Ya me daba todo igual porque estaba pagando y el dinero en mano hace olvidar las manías a cualquier dependiente.
Y qué contento estoy ahora con mi primer bote de proteína y de creatina.
¿Que qué ha sido al final?
Ha sido fresa.
Pero si me hubiera salido de chocolate lo hubiera querido igual.
_beso_
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