Atonito
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Añado que los españoles somos muy sensibles cuando se destapa un escándalo de algún partido corrupto sin pararnos a pensar que muchos de los españoles que pudieron, compraron un piso con la intención de venderlo al doble o triple de precio. Y eso se llama especular, es decir, obtener beneficios al revender un producto sin añadir valor. Lo que se viene llamando "vivir de las rentas" o "pelotazo".
No lo han hecho uno o dos, lo han hecho millones de personas durante mucho tiempo. El gobierno no sólo no intentó regular esa situación sino que ambos partidos la alentaron y sacaron provecho de ello. Políticos, constructores, albañiles y maestros. Todo el que pudo, en función de sus posibilidades, metió cuchara en el tarro del dinero fácil.
El sector de la construcción se infló hasta abarcar la mitad de los ingresos del PIB. Esto ha sido uno de los principales factores, no de la crisis, sino de que España fuera especialmente vulnerable a la pérdida de la confianza en el mercado. Cuando el mercado tuvo que ahorrar, los últimos de la cadena se dieron cuenta de que su patata caliente les estaba abrasando y que ya no tenían a nadie para pasársela. Al final, pagamos el pato los que no tenemos ni la patata ni el dinero que antes se obtenía al venderla porque dependemos directamente de los indignados dueños de las patatas ardientes.
España ha ido el escenario de un fraude prolongado, consentido y legal, de ciudadano a ciudadano, un juego perverso donde quienes más se quejan de la indecencia de los políticos seguramente tienen las manos abrasadas.
No lo han hecho uno o dos, lo han hecho millones de personas durante mucho tiempo. El gobierno no sólo no intentó regular esa situación sino que ambos partidos la alentaron y sacaron provecho de ello. Políticos, constructores, albañiles y maestros. Todo el que pudo, en función de sus posibilidades, metió cuchara en el tarro del dinero fácil.
El sector de la construcción se infló hasta abarcar la mitad de los ingresos del PIB. Esto ha sido uno de los principales factores, no de la crisis, sino de que España fuera especialmente vulnerable a la pérdida de la confianza en el mercado. Cuando el mercado tuvo que ahorrar, los últimos de la cadena se dieron cuenta de que su patata caliente les estaba abrasando y que ya no tenían a nadie para pasársela. Al final, pagamos el pato los que no tenemos ni la patata ni el dinero que antes se obtenía al venderla porque dependemos directamente de los indignados dueños de las patatas ardientes.
España ha ido el escenario de un fraude prolongado, consentido y legal, de ciudadano a ciudadano, un juego perverso donde quienes más se quejan de la indecencia de los políticos seguramente tienen las manos abrasadas.