Léanse epicúreos, estoicos, Kant, el cristianismo o cualquier doctrina eudaimonista, clásica o contemporánea. En muchos casos la felicidad no se basa en hacer lo que nos de la gana o lo que nos gustaría. Es esa una visión simplista del espíritu humano. Por ejemplo, me gustaría echarme a llorar en mitad de un entierro, ¿pero haré bien a mis familiares, o les animaré también a abandonarse a la pena? ¡Es que también quiero hacer sentir bien a mi familia! Tal vez deba mostrar entereza y apoyar a los que los necesitan más. En la vida se dan dilemas como estos a patadas, ¿no?
La libertad elegir las posibilidades que más apetecen a nuestra voluntad inmediata no es, para muchas personas (y me incluyo), garante de bienestar. Buena parte de la esencia del ser humano (que es ser biográfico, véase Ortega y Gasset por ejemplo) consiste en proyectar determinadas posibilidades a cumplir durante la vida desestimando otras durante el camino (bueno, esto es muy sumariamente, e incluso con algún que otro error, una parte fundamental de la doctrina existencialista).
De todas formas, la sugerencia es un poco ambigüa: ¿hacer lo que nos gustaría en qué sentido? ¿Lo que nos gustaría hacer ahora mismo? ¿O hacer lo que nos gustaría en el sentido de llegar a ser un médico, bombero, y cosas así? También es una cuestión de perspectiva: una persona puede tener muchos deseos que satisfacer (y ser, según lo veo yo, un chiquillo, un fracasado o un ambicioso) o pocos deseos que satisfacer.
Yo tengo poquísimos deseos que satisfacer y me va muy bien. ¿Y a vosotros?