Reflexión antropológica del consumo

Grodam

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ÍNDICES DE CONSUMO

Los índices de consumo marcan considerablemente la salud mental de una determinada sociedad, ya que en ellos se establece toda la filosofía del "bienestar" esgrimido por todos los que presuponen su adhesión al modelo de progreso (liberales, neoliberales, conservadores, laboristas, etc.). Evidentemente, el consumo no establece de por sí ninguna consideración mental, porque sin él no es posible la subsistencia. Es la forma de consumir la que puede tener consideraciones negativas para la salud, es decir, podríamos aplicar el término de "modos de consumo" como una consecuencia de los modos de producción, donde la demanda es creada por la oferta a través de los medios de comunicación, y la oferta se realiza atendiendo la demanda en un feed back progresivo que puede llegar al paroxismo del consumo inconsciente, desencadenando una serie de contradicciones con importantes repercusiones.


No existe un límite preciso que nos pueda indicar hasta qué punto el "estado del bienestar" puede convertirse en el "estado del malestar", puesto que la mayoría de las patologías psicosomáticas tienen su etiología en el consumo, al ser generadoras de desigualdades y de profundos descontentos y, consiguientemente, de infelicidad. Por ejemplo: el consumo de alimentos origina toda una gama disfuncional que puede llegar a situaciones lamentables, tanto en su exceso como en su defecto. De un lado están los problemas de obesidad y la estigmatización de los "gordos/as", que sufren el rechazo social, sobre todo en el ámbito sexual; de otro lado nos encontramos la anorexia, como reacción al mencionado rechazo, puesto que los modelos o arquetipos de belleza física en ocasiones están por encima no sólo de la salud física sino también mental, conduciendo al descontento y a la pérdida de la autoestima. Ambas situaciones son tomadas por el mercado para generar otros elementos de consumo: adelgazantes, dietas especiales, tratamientos farmacológicos, intervenciones quirúrgicas, establecimientos dedicados al ejercicio físico, consultas médicas y psicológicas, clínicas de adelgazamiento y todo un prometedor comercio alrededor de los mismos con pingües beneficios.

El propio sistema que origina el consumo compulsivo se beneficia de los problemas que éste produce, en lugar de responder de ello. No obstante, su defensa ante esta contradicción se apoya en la libertad personal de cada individuo, es decir, responsabiliza a las propias víctimas a pesar de la hipnosis colectiva a la que son sometidas por el constante bombardeo publicitario que el mercado realiza a través de los medios de comunicación.

También el consumo de drogas como tabaco, alcohol, alucinógenos, narcóticos, estupefacientes, psicotropos, etc., naturales e industriales, cuenta con una oferta que llega incluso al diseño personal, es decir, características senso-perceptivas a gusto del consumidor (más o menos estimulantes, más o menos sedantes, de efecto rápido o lento, de mayor o menor duración, con afección a un sentido u otro, etc.). Unas legales y otras clandestinas, todas comportan una rentabilidad económica que ha existido durante toda la historia, produciendo fortunas como las derivadas de las industrias de bebidas alcohólicas, las industrias farmacéuticas y, sobre todo, del narcotráfico internacional.

Según la Associated Press Jennifer Loven, el consumo de estas sustancias genera el 75% de los problemas psicológicos que padecen las sociedades contemporáneas. El consumo de drogas está produciendo una destrucción de los pilares sociales y culturales sobre los que se sustenta la organización social de los pueblos globalizados, en el ámbito de la familia, el parentesco, la economía, la seguridad ciudadana y, sobre todo, de la salud física y mental. Y de nuevo se recrean ofertas de alta rentabilidad como son: clínicas de desintoxicación, farmacoterapias costosas, consultas médico-psicológicas, granjas, residencias y toda una serie de dispositivos de seguridad en torno a las mismas.


Es evidente que los modos de consumo conforman una parte fundamental de los sistemas culturales. A nuestro criterio, están implícita e independientemente incluidos y asimilados en los modos de producción. Marvin Harris (1987: 549-566) critica a los materialistas históricos (marxistas) el no haber considerado en las teorías de la dinámica o del cambio socio-cultural los "modos de reproducción".
Puede haber multitud de modos de consumo culturalmente establecidos. El consumo tiene un tempo, un ritmo, una cantidad determinada, una variedad o diversidad, un código de comunicación desde donde se expresa la sociabilidad y se reflejan las estructuras y las estratificaciones sociales. Pero desde el análisis antropológico de la salud mental o psicológica, nos interesan la naturaleza y los mecanismos de recepción de las ofertas que son capaces de producir la compulsividad en el consumo, además de cuáles son los factores desencadenantes o precipitantes del mismo. Intentar buscar la causa principal nos llevaría a un reduccionismo unilineal que estaría sesgado por los intereses de quienes realicen el análisis, pues creemos que su etiología es multicausal y no existe un motivo único que dé cuenta del consumo patológico. A nuestro entender, estaría basado en una tendencia a repetir hasta la saciedad e incluso hasta la muerte, aquellas sustancias, objetos y conductas que rompan con las normas culturalmente establecidas aunque supongan una pérdida en la calidad de vida y en los niveles de satisfacción de los individuos que la componen.


Entre esos factores desencadenantes podrían contarse: el stress, el aislamiento, la pérdida de identidad y de autoestima individual y colectiva, la desterritorialización, la desintegración, el fracaso escolar y profesional, los impactos de los medios de comunicación, experiencias traumáticas, la pérdida mortal de familiares y amigos, desengaños amorosos, minusvalías, acondroplasias o malformaciones físicas, déficit de la capacidad mental o subnormalidad y, sobre todo, la pobreza y la miseria económica y cultural.

Está de sobra demostrado cómo los medios de comunicación lanzan sus ofertas directamente al subconsciente de los receptores, ya que tanto los mensajes literarios como icónicos tratan de anular el consciente, apoyados en las tesis neurofisiológicas de la hipnosis colectiva e individual que utiliza un ritmo mental denominado "ritmo Beta" cuya velocidad (24 ciclos por segundo) impide al receptor formular ningún tipo de reflexión in situ sobre los comunicados publicitarios que recibe y, por tanto, se interiorizan inconscientemente. Ello puede llevar incluso a hacer creer que la elección de un producto de consumo u otro, forma parte de una libre designación personal, sin saber que los tenemos interiorizados en la memoria de una forma descontextualizada y, por tanto, inducida y fuera de la capacidad consciente de elección.

Estos mensajes subliminales, generadores de consumo inconsciente, son uno de los motivos de la insatisfacción continua de los individuos consigo mismos y con el entorno donde viven. El consumo pasa de ser un hecho social global en las sociedades primitivas con carácter inclusivo, a ser un factor individual discriminativo y exclusivista en las sociedades contemporáneas, que han sido víctimas del consumismo, o mejor dicho, que han sido arrastradas por un modelo de progreso, que rompe la estabilidad y el equilibrio psicológico de los individuos inmersos en él.

En suma, la obsesión por el consumo en una determinada sociedad es un marcador evidente de su salud mental o psicológica, al menos si no está justificada en el contexto de los mecanismos de relación social en orden al equilibrio de los recursos naturales.


Saludos
 
La cuestión no es consumir mucho ni poco; la cuestión es consumir cosas que queremos o cosas que no queremos pero mira... "como eztaba baratillo, puez voy y me lo compro" (coño, si NO te lo compras te saldrá más "baratillo" aún ¬¬).

Por eso yo en Navidades regalo lo justo; y el día de San Valentín me lo paso por el forro. En fín, así nos quieren: "curra, consume y calla".

Y es que yo he visto cada cosa... Sin ir más lejos, un amigo de un amigo que se compra 3 ó 4 videojuegos al més. Digo yo, ¿le dará tiempo a jugar a todos con profundidad? Dios mío, es delirante...¬¬
 
La cuestión no es consumir mucho ni poco; la cuestión es consumir cosas que queremos o cosas que no queremos pero mira... "como eztaba baratillo, puez voy y me lo compro" (coño, si NO te lo compras te saldrá más "baratillo" aún ¬¬).

Por eso yo en Navidades regalo lo justo; y el día de San Valentín me lo paso por el forro. En fín, así nos quieren: "curra, consume y calla".

Y es que yo he visto cada cosa... Sin ir más lejos, un amigo de un amigo que se compra 3 ó 4 videojuegos al més. Digo yo, ¿le dará tiempo a jugar a todos con profundidad? Dios mío, es delirante...¬¬

jajajaja, es cierto, el consumo compulsivo e inconsciente se apodera de mucha gente, hay una nueva patología psiquiátrica al respecto que se denomina "mercarexia" y son ya los más afectados por el consumo compulsivo, ya que todas sus frustraciones las descargan comprando.

Hemos entrado al trapo del hiperconsumismo de una manera poco inteligente y moderada, por eso creo que en las escuelas deberían impartir una asignatura que se llamase "Educación para el consumo", así como los medios de comunicación y las instituciones, para compensar el bombardeo consumista deberían de promocionar y divulgar pautas de consumo razonable y saludable, ya que todo tiene su contexto últil y práctico.

Saludos
 
A mi me parece un tema muy complejo. El consumo es el motor de nuestra sociedad y hay mucha gente que vive de producir lo que el resto consume. Sin embargo, como ya habeis dicho, hay que consumir con cabeza y atendiendo a razones y no a impulsos.

Está claro que la solución no es volver a vivir en cuevas, sino concienciarnos todos para consumir segun nuestra necesidad. Pero lograr esto va a ser algo muuuy difícil...
 
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